Algo en la atmósfera evocaba un Apocalipsis seco.
Michel Houellebecq
Vas a la bodega de la esquina y presencias el alboroto de siempre: voces disonantes tratando de seguir las letras de un merengue, una mesa de dominó atiborrada de jugadores y mirones, botellas de cerveza vacías tiradas en los rincones, dos o tres tipos fumando con los ojos escarbados, y Rosana, la hija del bodeguero, contoneando su cuerpo quinceañero y coqueteando con un grupo de jóvenes hasta que advierte tu presencia. Ahora se transforma, ahora es una jovencita tímida, pero lucha contra esa vergüenza y se atreve (quién sabe cómo) a levantar la mano para saludarte a hurtadillas. Le miras los ojos, el ombligo alfilerado, la minifalda; una sonrisa tuya le complica el saludo.
Cruzas por entre los hombres estacionados como carrozas en la acera. Entras en la bodega. Vas al congelador y sacas un refresco. Eludes a Francisco, el dueño del negocio, quien sale de la contrapuerta que conduce al sótano y pasa cerca de ti, con esa barriga de boxeador peso completo retirado, y se pierde en la parte de atrás del almacén con quien juzgas es un cliente.
Rosana corre al mostrador.
—Yo le cobro, mamá.
Ves a Matilde, la esposa de Francisco, en silencio pero con ojos alerta, sentada en un sillón de mimbre detrás del mostrador, acariciando el pelambre de Igui, la gata que cuida la tienda contra los bigañuelos.
Metes la mano en el bolsillo y le pasas un dólar a la joven dependiente; en el acto, le rozas el dedo anular y susurras las gracias. Ella asiente, se alegra, esperaba ese gesto sutil de lo acordado. Te vas de la bodega, echas un vistazo a tu entorno. Caminas, te recuestas del poste de luz. Permaneces allí unos minutos. Piensas que en este lado de la esquina la noche vierte una fragancia adormecedora, como de flores.
Rosana sale, te hace señas y entra por la puerta frontal de la casa. Empiezas a caminar con el refresco en la mano y, antes de dar la vuelta en la esquina, tiras la botella en la acera. Te acercas a un portón, lo empujas despacio, pero no puedes evitar el chirrido de las bisagras.
—Calla —dices, y entras al patio.
Entrejuntas la puerta y Rosana te pasa un candado.
—Es mejor dejarla abierta —propones.
—No —ordena ella, en tanto entra la mano por debajo de tu jersey y te araña la espalda —tráncala.
Obedeces. Te sientes bañado por la luz del bombillo que, como centinela, vigila desde el techo de la terraza. Te abraza, sientes su piel tibia, encrespada; ahora te besa, le miras los ojos despejados. Escuchas los retumbos de un merengue de otros tiempos. Tu mano se mueve inquieta hacia su sexo. Ya lo sientes, está al alcance de tus dedos, humedeciéndose; sólo tienes que despojarlo, pero antes de hacerlo miras sobre tu hombro y, para tu zozobra, tropiezas con la mirada de unos ojos perversos.
Te sobresaltas.
—¿Qué pasa, Santiago? —pregunta Rosana.
Señalas una esquina, justificando tu reacción.
—¡Mira!
Rosana abre los ojos, vuelve la cabeza siguiendo el camino de tu índice y ve un gato en la cima de la pared.
—Es el gato de los vecinos. Tal vez espera a Igui.
—¡Qué susto!
—Déjalo —susurra Rosana —tú eres otro minino.
—Me molesta; es como si me mirara el Diablo —sentencias.
—Ven, vamos a la esquina.
Accedes, te mueves hacia una esquina retirada de la luz y de los ojos del gato. Se apoyan en la pared, pero de pronto se alteran al sentir a alguien pisar sobre las hojas secas. Casi enseguida escuchas el portón abrirse abruptamente.
—Le puse el candado —dices, con voz baja, mientras se agachan.
—Espera —susurra ella.
Unos hombres se mueven hacia la luz del bombillo. Divisas la barriga de Francisco, su mano derecha sosteniendo lo que deduces es una linterna.
—Es tu papá.
—Espera, Santiago… espérate.
Ves las siluetas de los hombres: son tres, tal vez cuatro. Entrecierras los ojos. Santiago enciende el foco y alumbra hacia un lugar del patio.
—Háganlo ahí. No lo maten.
El boxeador retirado va a la terraza y desde allí alumbra el primer golpe debajo del ombligo, en tanto mete la otra mano en el bolsillo, saca algo y se lo lleva a la boca. El cuerpo de un hombre cae al suelo rojizo. Una, dos, tres…, un enjambre de patadas en la cabeza, en los costados. Un grito desgarrador. Una mano lo levanta por el pelo y deja entrever el rostro ensangrentado por un instante, antes de ser asaltado por una lluvia de trompadas que lo hacen caer de nuevo, esta vez de bruces.
Francisco observa, foco en mano y masticando quién sabe qué.
Rosana hunde la cabeza en tu pecho; no quiere, no puede ver. El gato aguza los sentidos: abre los ojos, ronronea, arquea el lomo, estira el cuerpo y su pelambre se eriza, resplandeciente, alcanzando un tamaño bestial.
Francisco arroja una ráfaga de luz hacia el felino.
—¡Gato del demontre! —vocea con la boca llena.
El gato brinca errático en tu dirección, aullando endemoniadamente, y la luz de la linterna despedaza la oscuridad que los protegía.
—¿Quién coño anda ahí? —vocifera Francisco, mientras retrocede, empuña lo primero que halla y se encamina hacia ustedes.
— ¡Entra a la casa!
El cuerpo de Rosana se pierde en la oscuridad y se transforma en una silueta que avanza apresurada, pisando cuantas brozas encuentra en el camino. Sigues la sombra con los ojos y Rosana reaparece bajo la luz del bombillo, sube los peldaños de la terraza y se esfuma tras la puerta. Francisco vuelve la cara y les ordena a los hombres sin rostro:
—¡Váyanse!
Estás echado en el suelo, como malhechor que espera la ejecución deseando que el verdugo se compadezca. Por lo menos te consuelas porque esas bestias se han ido. Deduces, por la forma en que se apagó la luz de la linterna, que Francisco quiere mantener tu anonimato.
Ahora están solos.
De pronto sientes cómo la luz del foco te inunda la cara, arrancándote la máscara. Te exaltas. Te sientes desnudo. Escuchas la voz apaciguada y casi tierna de Francisco.
—Espérame un ratito, muchacho… Santiago; así te llamas, ¿verdad?
—Sí.
—Bueno, espérame un ratito, ya vengo.
Ves la figura torpe alejarse en dirección del portón.
Te quedas solo, en esa oscuridad, mirando el parpadeo del bombillo, pensando en la cara ensangrentada del sujeto que golpearon. Por un instante te asalta la idea de escapar. Pero no, la descartas al tiro: te conoce, da lo mismo.
Notas la panza de Francisco balancearse de regreso, como si bailara al son de la bachata que acaricia el patio con un susurro cansado. Francisco va a la terraza, apaga la luz, toma una silla y, con la linterna encendida, se dirige hacia la esquina.
Coloca la silla frente a ti y, tras aclararse la garganta, te anuncia:
—Dale gracias a Dios que estoy de buen humor.
Saca un cigarro y una caja de fósforos del bolsillo de la camisa.
Te sientes incómodo, te importuna tener esa masa jadeante frente a ti. La luz del foco se extingue y en su lugar aparece la llama del fósforo. Francisco enciende el habano y tira el cerillo. Te lanza una bocanada de humo a la cara.
—Óyeme bien, mocoso —continúa, interrumpiendo el mensaje con una calada del cigarro —ya te había dicho que no te arrimaras a mi hija.
—Pero…
— ¡Cállate!...
Abres los ojos, y tras el punto de luz del habano entrevés los labios palpitantes del bodeguero. Te inclinas por guardar silencio; ahora eres todo oídos. Diga lo que diga, Francisco tendrá la razón. No importa que te humille, lo esencial es salir ileso. Te preparas para escuchar los peores insultos, pero te sorprendes cuando él empieza a hablar de su familia, del trabajo que ha pasado en el país de los gringos, e incluso toma tiempo para plantear casos hipotéticos sobre su vida de haberse quedado en su país.
—Si yo supiera de letras, hoy sería presidente de la República.
Te percatas que después de enunciar sus últimas palabras Francisco se interna en el más profundo de los silencios. Parece haber hurgado lejos dentro de sí y desempolvado un secreto que guardaba en un archivo íntimo. Tomas unos segundos para imaginártelo en el palacio presidencial. Tal pensamiento casi te arranca una sonrisa y la coloca en tu cara; pero no lo permites, no es el momento; por negra que esté la noche es mejor mantener el semblante serio.
De repente, escuchas la voz entrecortada:
—Mira, muchacho… mejor lárgate… ahora mismo…
Te levantas con la intención de desaparecer tan rápido como puedas de donde estás, pero sientes unas manos sujetar tu jersey.
—Te dejo ir, muchachito, pero no lo olvides: te quiero lejos de mi hija… No la sigas sonsacando.
Asientes como si escucharas una orden de estado. Pero continúas sujeto, anclado a esas manos ásperas. Piensas, sin embargo, que Francisco en algún momento te liberará. Entonces caminarás despacio, mirando hacia los lados. Llegarás al portón y saldrás desaliñado, feliz de haber escapado de ese enredo. Te detendrás antes de doblar en la esquina de la bodega. Respirarás profundo y el susto se ahogará en tus pulmones, borracho por el raudal de aire fresco. Escucharás el bullicio de un merengue y te quedarás absorto, ensimismado. Luego cruzarás por entre el gentío frente al colmado. Pensarás en Rosana cuando atravieses la acera de la casa, pero no volverás la mirada buscando sus ojos tras la ventana, más bien apretarás el paso, acatando así la orden del ejecutivo mayor. Ni siquiera darás una ojeada a los jugadores de dominó.
Cuando hayas traspuesto la bodega, tendrás tiempo para llevarte los dedos a la nariz, buscar en ellos la esencia de Rosana. Una sonrisa asaltará tu cara, a traición, y no podrás evitarla, dejarás que te acompañe hasta la entrada del edificio, que cabalgue tu cuerpo hasta el momento justo en que entres a tu casa y te sientas a salvo. Así quieres que suceda, para dar por terminado el día, dejar todo atrás. Pero no. La vida no es tan simple.
Francisco por fin te suelta con un empujón y, descolgado del tiempo, caes bocabajo en el suelo. Ahora no entiendes lo que acontece: sientes el primer golpe en el cráneo, y, mientras te arrastras por la tierra como sierpe, levantas la cabeza y ves al gato erizado en la cima de la pared.

1 comentarios:
bien, Rubén. tremendo cuento. bien contado. bien barajado. eres un tahúr del arte de contar.
Yo sabía que el chamaco no se iba limpio. Buen golpe, quiero decir: Buen final.
José López
autor del libro
HAIKUS PARA VAN GOGH
http://www.amazon.com/Haikus-Para-Van-Gogh-Spanish/dp/125764825X
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